Nota de editorx: Pese a que la Real Academia Española (RAE) específica el uso del término transgénero para describir y abarcar todas las experiencias trans dentro del arco de la identidad de género, hemos decidido utilizar la palabra transgénera con la intención de usar un término que mejor corresponda a las experiencias e identidad de Luna.
Cuando cumplió 15 años, como tantas chicas en su pueblo en Guatemala, Luna Guzmán celebró con una quinceañera.
“Me prestaron el vestido de una compañera porque yo lloraba. Cada vez que íbamos a la escuela teníamos que pasar en frente de una tienda donde habían vestidos de novia y de quinceañera”, dijo Luna. “Yo siempre me quedaba viendo, hasta tocaba el vidrio”.
El vestido que pidió prestado era de color turquesa, con una falda larga. Se quitó sus zapatos tenis, se puso los tacones y una tiara y empezó a bailar con sus amigos.
Había un pastel, botellas de champán y chambelanes, chicos que se vistieron en trajes para acompañarla a la fiesta secreta en casa de un amigo. Ninguno de sus parientes estaba allí porque no podían imaginar a Luna como una niña transgénera.
Instantes de esa fiesta de cumpleaños perduran en la memoria de Luna como un tiempo en su vida en el cual sintió verdaderamente el placer y la libertad. Era algo para saborear una y otra vez conforme iniciaba la década siguiente, cuando vestía camisetas de fútbol y trataba de parecerse al chico que sabía no llevaba por dentro. Mientras lidiaba con una violencia brutal, decidió tomar el tremendo riesgo de dejar atrás todo en Guatemala y tratar de encontrar una nueva vida en California. Las memorias eran un lugar en donde ella podía imaginarse a salvo, siendo ella misma.
Conocimos a Luna en un refugio para migrantes en Tijuana dos años atrás y desde entonces nos hemos mantenido en contacto con ella, durante su viaje por la frontera, donde pasó meses detenida por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE por sus siglas en inglés), y su búsqueda por el amparo en México. Pasamos semanas tratando desesperadamente de localizarla en una unidad de cuidados intensivos después de que ella dejara un mensaje de voz en el que había sido diagnosticada con un caso severo de COVID-19. “Gracias por contar mi historia”, dijo con voz ronca y entrecortada, apenas se reconocía su voz . “Gracias por todo. Por contar mi historia. Si muero, ojalá que la gente un día se acuerde de mí”.
‘¿No puedes cambiar a tu hijo?’
Luna creció en las afueras de una pequeña ciudad en el área central de Guatemala, en una casa construida por palos y periódicos. Su madre vendía papas fritas en un carrito de comida y Luna ayudó a cuidar a sus tres hermanos, uno de ellos con discapacidades del desarrollo. Su padre no formó parte de su vida.
Luna contó que era una voraz lectora, pasando horas en la biblioteca de su ciudad. En la escuela jugaba a disfrazarse con otras chicas. Luna se transformaba en una mariposa, sus alas estaban hechas de pedazos de cartón que encontraba en las calles.
“La maestra siempre hablaba con mi mamá. Le decía, ‘¿Oye por qué no puedes cambiar a tu hijo? ¿No lo puedes llevar con un psicólogo? ¿No lo puedes llevar con un psiquiatra? Hace ver mal a mi escuela”.
Luna dijo que su madre la defendió al principio. Cuando confesó ser gay a los 14 años, su mamá brindó con una copa de agua de jamaica. Pero a medida que Luna crecía, su madre desaprobaba los vestidos y los tacones. Su hijo, ¿vistiéndose como una mujer? Para ella, eso iba en contra de la naturaleza. Entonces Luna volvió a vestir con camisetas de fútbol y pantalones cortos.
“Esos desprecios ahora los entiendo”, dijo Luna. “Ella tal vez quería protegerme”.

Octubre de 2007
A los 13 años, justo en la cúspide de su adolescencia, Luna fue violada por un hombre mayor que era su vecino.
“En un principio decía ¿por qué a mí? Explícame ¿por qué a mí? Si hay alguien ahí arriba por qué no me explicas”, suspiró Luna. “Pero nunca obtuve esa respuesta. Nunca la obtuve. Hasta hoy en día nunca la he tenido.”
Luna contó que poco después fue forzada a integrar una red de tráfico de personas y labor sexual. Algunos hombres de mucho poder en su pueblo la obligaron a entrar a una red de tráfico de personas. ¿Los clientes? Hombres mayores que pagaban cientos de dólares estadounidenses para dormir con niños pequeños y niñas transgénera.
El tráfico de personas y la explotación sexual están desenfrenados en Guatemala, y la Organización de las Naciones Unidas ha denunciado el alarmante número de menores de edad forzados a ingresar a redes de tráfico debido a la pobreza.
Pero no había nadie que la ayudara. Los proxenetas, según Luna, tenían vínculos con la policía y los principales funcionarios públicos de la ciudad. “Si alguien intentaba denunciarlos o presentar una denuncia, lo tiraban a la basura”, dijo Luna.
Muchos menores de edad en la red de tráfico de personas estaban infectados con enfermedades de transmisión sexual. Cuando tenía 16 años, Luna descubrió que era portadora del virus de inmunodeficiencia humana, conocido también como VIH. El acoso de la gente se intensificó en una ciudad donde ya se le había arrojado piedras y manifestado que se mantuviera alejada de los niños. Luna recuerda que, una vez, algunas personas la golpearon con tanta fuerza que le rompieron la clavícula y le dijeron que se comportara como un “hombre de verdad”.
“Mi pueblo es tan pequeño. No hay información sobre orientación sexual, sobre VIH”, dijo Luna. “No hay información de nada. Es muy cerrado (de mente)”.
Cuando cumplío 19 años, Luna cuenta que todavía la obligaban ocasionalmente a trabajar en la red de tráfico sexual. Al llegar a la edad adulta, comenzó a dar algunos pasos para recuperar el control de su vida. Se inscribió en un curso para convertirse en una bombero voluntaria.

Noviembre de 2014
Luna se graduó del programa de bomberos. Se sentía valerosa al rescatar personas de accidentes automovilísticos y apagar edificios en llamas. Pero luego, los otros bomberos descubrieron que era portadora del VIH y comenzaron a burlarse de ella con insultos homofóbicos.
Soñó entonces con una salida y puso su mirada en California. Había visto vídeos del enorme desfile del orgullo LGBTQ en San Francisco. Sabía que en California no podría ser despedida o desalojada por ser transgénera, tendría derecho a obtener una identificación con el nombre que deseaba y a usar el baño que coincida con su género. También esperaba poder ganar lo suficiente dinero para pagar su transición.









